Siempre me he preguntado por qué existen las personas a las cuales les cuesta un mundo crecer, afrontar que la vida de pronto no es del mismo color que la pinta Disney, y que todo cuesta, que todo requiere esfuerzo, que quizás la etapa más linda (y corta) es la niñez, ya que durante ese período ignoramos muchas realidades del mundo que nos espera. También he conocido gente del otro grupo; gente que crece y lo lleva bien, entiende que son etapas o ciclos que se van cerrando y que cada una tiene su encanto…. Si tuviera que definirme, creo ser del primer grupo de personas.
En innumerables ocasiones he percibido el mundo exterior como algo fiero, ir a él me significa la misma situación que saltar al vacío. Tal vez se deba al hecho que durante mucho tiempo mis padres quisieron llevarme dentro de una burbuja y me sacaron de allí de una manera demasiado abrupta, sin si quiera darme tiempo para prepararme. Cuando me vi en el mundo real, y tuve la posibilidad de observar, analizar y comprender que todo se alejaba a lo que siempre creí que significaría dicha experiencia, aprendí rápidamente que generalmente las situaciones de la vida poseen dos caras, y que es una sola, la que suele ser presentada (y por cierto la más bonita). Todo tiene un transfondo un tanto “ambiguo”, por llamarlo de un modo.
Elegí “Serve the Servants”, porque habla de lo duro que es crecer. Parte de la letra dice lo siguiente: As my bones grew they did hurt, they hurt really bad. I tried hard to have a father, but instead i had a dad / Mis huesos al crecer me hacían daño, me hacían realmente mucho daño. Intenté con todas mis fuerzas tener un padre, pero en su lugar tuve un Papá.
Quizás… si aprendiésemos a no presentar modelos perfectos, o inquebrantables (hablo modelos de todo tipo) o más bien dicho “falsos”, a nuestros sucesores, podríamos aplacar de cierta forma, la sensación de “estafa” que muchos hemos sentido al crecer. Quizás, dejando de falsear la realidad y haciendo énfasis en que aún con la corriente casi en contra es posible salir airosos emocionalmente, lograremos mucho más que con el método de "la burbuja". Quizás, quién sabe.
Un día el marido de la tía Magdalena le abrió la puerta a un propio que llevaba una carta dirigida a ella. Nunca habían tenido secretos y era tal la simbiosis de aquel matrimonio que ahí las cartas las abría uno aunque fueran dirigidas al otro. Nadie consideraba eso violación de la intimidad, menos aún falta de educación. Así que al recibir aquel sobre tan blanco, tan planchado, con el nombre de su mujer escrito por una letra contundente, lo abrió. El mensaje decía:
Magdalena:
Como siempre que hablamos del tema terminas llorando y te confundes en la locura de que nos quieres a los dos con la misma intensidad, he decidido no volver a verte. No creo imposible deshacerme de mi deseo por ti, alguna vez hay que despertar de los sueños. Estoy seguro de que tú no tendrás grandes problemas olvidándome. Acabar con este desorden nos hará bien a los dos. Vuelve al deber que elegiste y no llames ni pretendas convencerme de nada. Alejandro.
PD. Tienes razón, fue hermoso.
El marido de la tía Magdalena guardó la carta, le puso pegamento al sobre y lo dejó en la charola del correo junto con el recibo del teléfono y las cuentas del banco. Estaba furioso. La rabia le puso las orejas coloradas y los ojos húmedos. Entró a su despacho para que nadie lo viera, por más que no había nadie en la casa. Su mujer, las nanas y los niños, se habían ido al desfile del 5 de mayo para celebrar el recuerdo del día en que los "zacapoaxtlas le restaron prestigio a Napoleón".
Sentado en la silla frente a su escritorio, el hombre respiraba con violencia por la boca. Tenía las manos sobre la frente y los brazos alrededor de la cara. Si algo en la vida él quería y respetaba por encima de todo, eran el cuerpo y la sabiduría de su mujer. ¿Cómo podía alguien atreverse a escribirle de aquel modo? Magdalena era una reina, un tesoro, una diosa. Magdalena era un pan, un árbol, una espada. Era generosa, íntegra, valiente, perfecta. y si ella alguna vez le había dicho a alguien te quiero, ese alguien debió postrarse a sus pies. ¿Cómo era posible que la hiciera llorar?
Bebió un whisky y luego dos. Pegó contra el suelo con un palo de golf hasta desbaratarlo. Se metió veinte minutos bajo la regadera y al salir puso en el tocadiscos al Beethoven más desesperado y cuando su mujer y los niños entraron a la casa, dos horas después, estaba disimuladamente tranquilo.
Se habían asoleado, todos tenían las cabezas un poco desordenadas y las mejillas hirviendo. La tía Magdalena se quitó el sombrero y fue a sentarse junto a su marido.
-¿Te sirvo otro whisky? -dijo tras besarlo como a un hermano.
-Ya no, porque vamos a comer en casa de los Cobián y no me quiero emborrachar.
-¿Vamos a comer en casa de los Cobián? Nunca me dijiste.
-Te digo ahorita.
-"Te digo ahorita". Siempre me haces lo mismo.
-Y nunca te enojas, eres una esposa perfecta.
-Nunca me enojo, pero no soy una esposa perfecta.
-Sí eres una esposa perfecta. Y sí tráeme otro whisky.
La tía caminó hasta la botella y los hielos, sirvió el whisky, lo movió, quiso uno para ella. Cuando lo tuvo listo, volvió junto a su marido con un vaso en cada mano. De verdad era linda Magdalena. Era de esas mujeres bonitas que no necesitan nada para serlo más que levantarse en las mañanas y acostarse en las noches. De remate, la tía Magdalena se acostaba a otras horas llena de pasión y culpa, lo que en los últimos tiempos le había dado una firmeza de caminado y un temblor en los labios con los que su tipo de ángel ganó justo la pizca de maldad necesaria para parecer divina. Fue a sentarse a los pies de su marido y le contó los ires y devenires del desfile. Le dio la lista completa de quienes estaban en los palcos de la casa del círculo
español. Después le dibujó en un papelito un nuevo diseño para
vajilla de talavera que podría hacerse en la fábrica. Hablaron largo rato de los problemas que estaban dando los acaparadores de frijol en el mercado La Victoria. Durante todo ese tiempo, la tía Magdalena se sintió observada por su marido de una manera nueva. Mientras hablaba, muchas veces la interrumpió para acariciarle la frente o las mejillas, como si quisiera detenerle cada gesto de júbilo.
-Me estás mirando raro -le dijo ella una vez.
-Te estoy mirando -contestó él.
-Raro -volvió a decir la tía.
-Raro -asintió él y continuó la conversación. ¿Cómo había alguien en el mundo capaz de permitirse perder a esa mujer? Debía estar loco. Empezó a enfurecerse de nuevo contra quien mandó esa carta y de paso contra él, que no la había escondido siquiera hasta el día siguiente. Así su mujer la encontraría durante la mañana, cuando ni él ni los niños estorbaran su tristeza. Entonces se levantó del sillón alegando que ya era tarde y mientras la tía Magdalena iba a pintarse los labios, él caminó al recibidor y quitó la carta de la charola del correo. La mesa sobre la que estaba era una antigüedad que había pertenecido a la bisabuela de la tía Magdalena. Tenía un cajón en medio al que la polilla se colaba con frecuencia. Ahí metió la carta y respiró, feliz de postergarle el problema a su mujer. Gracias a eso pasaron una comida apacible y risueña.
El lunes, antes de irse a la fábrica, puso la carta encima de todas las demás.
La tía Magdalena había amanecido radiante.
-Debe ser porque nos vamos -pensó el marido.
Y en efecto, a la tía Magdalena le gustaban los días hábiles. Quién sabe a qué horas ni cómo se encontraba con el torpe aquel, pero de seguro era en los días hábiles. Cuando se despidieron, él dijo como de costumbre: "Estoy en la fábrica por si algo necesitas" y la besó en la cabeza. Entonces ella dio el último trago a su café y mordió la rebanada de pan con mantequilla del que siempre dejaba un pedacito, atendiendo a quién sabe qué disciplina dietética. Luego se levantó y fue en busca del correo.
Entonces dio con la carta. Se la llevó al baño de junto a su recámara que todavía era un caos de toallas húmedas y piyamas recién arrancadas. Sentada en el suelo la abrió. No le bastaron las toallas para secarse la cantidad de lágrimas que derramo. Se tuvo lástima durante tanto rato y con tal brío que si la cocinera no la saca del precipicio para preguntarle qué hacer de comida hubiera podido convertirse en charco. Contestó que hicieran sopa de hongos, carne fría, ensalada, papas fritas y pastel de queso, sin dudar ni desdecirse y a una velocidad tal que la cocinera no le creyó. Siempre pasaban horas confeccionando el menú y ella había contagiado a la muchacha de sus manías:
-La sopa es café y la carne también -dijo la cocinera segura de que habría un cambio.
-No importa -le contestó la tía Magdalena, aún poseída por un dolor de velorio.
Su marido regresó temprano del trabajo, como cuando estaban recién casados y a ella le daba catarro. Llegó buscándola, seguro de que la pena la tendría postrada fingiendo algún mal. La encontró sentada en el jardín, esperando su turno para brincar la reata en un concurso al que sus dos hijas y una prima le concedían rango de olímpico. Estaba contando los brincos de su hija que iba en el ciento tres. Las otras dos niñas tenían la reata una de cada punta y la movían mientras contaban, perfectamente acopladas.
-Juego de mujeres -dijo el marido, que nunca le había encontrado chiste a brincar la reata.
La tía Magdalena se levantó a besarlo. El puso el brazo sobre sus hombros y la oyó seguir contando los brincos de la niña:
Se separó de su marido y voló al centro de la cuerda. Le brillaban los ojos, tenía los labios embravecidos y las mejillas más rojas que nunca. Empezó a brincar en silencio, con la boca apretada y los brazos en vilo, oyendo sólo la voz de las niñas que contaban en coro. Cuando llegó al cien, su voz empezó a salir como un murmullo en el que se apoyaba para seguir brincando. El marido se unió al coro cuando vio a la tía Magdalena llegar al ciento diecisiete sin haber pisado la cuerda. Acunada por aquel canto la tía brincó cada vez más rápido. Pasó por el doscientos como una exhalación y siguió brinca y brinca hasta llegar al setecientos cinco.
-¡Gané! -gritó entonces-. ¡Gané! -y se dejó caer al suelo alzándose un segundo después con el brío de una llama. -¡Gané!¡Gané! -gritó corriendo hasta donde estaba su marido.
-Afortunada en el juego, desafortunada en el amor -dijo él.
-Afortunada en todo -contestó ella jadeante-. ¿O me vas a
salir tú también con que ya no me quieres?
-¿Yo también? -dijo el marido.
-Esposo, eres un violador de correspondencia y usaste un pésimo pegamento para disimularlo -dijo la tía Magdalena.
-En cambio tú disimulas bien. ¿No estás muy triste?
-Algo -dijo la tía Magdalena.
-¿Si yo me fuera podrías brincar la reata? -preguntó él.
-Creo que no -dijo la tía Magdalena.
-Entonces me quedo -contestó el marido, recuperando su alma. Y se quedó.
Fue ese día. No sé, pudo ser noviembre, quizás marzo. Tal vez en la madrugada o a plena luz del día, lo único claro era que llegó o ella volvió ¿Quién sabe?. Ella con manos frías y quietas. Ya le hacía falta, nunca supo cómo vivir sin él, cuando él se va o ella se aleja… Da igual. Está, eso importa.
Ése día ella se dejó encontrar, intentaba parecer tranquila, centrada. Manejaba la situación. Claro, si ella ya no sentía nada. Lo último que ocurrió se lo llevó todo, incluso las ganas de saber de él. Pero se dejó encontrar y él supo cómo buscarla. Ni preguntas inadecuadas, ni saber qué había sido de tal persona, ni excusas baratas. Ahí estaba a su lado, miraba las mismas cosas que ella. No comprendía, pero se sentía segura, él estaba de vuelta. Quiso quedarse más, pero la vida real la llamaba, las responsabilidades se multiplicarían si ella no regresaba pronto. No se despidió ¿Para qué? No era necesario, ni siquiera se miraron. Creo que la gente acostumbra a no mirar lo que da por sentado que está a su lado. Pasaron días, semanas y meses. Siempre a su lado, esperando quién sabe qué. A medida que el tiempo pasó ella quiso hablarle, preguntar los por qué o manifestar su molestia por cosas pasadas que ya no tenían sentido. Él oyó y asintió… Sí, es cierto, ya todo eso parece pequeño comparado con lo de ese instante. Ella le pidió que se quedara y él aceptó. Ahí recién notó que algo inexplicable había regresado y la traspasaba, como si otra alma quisiera fusionarse con la de ella. Vio su cara, no muy distinta a la de cualquier persona. Nariz promedio, cara ovalada, mucho más alto que ella. Brazos fuertes, mirada sabia, ropa negra. Sin muchas palabras, pero con las precisas para que ella quisiera que eso no acabara nunca. Se quedó días y noches y aún está. Le pregunta y él responde, le contesta y él pregunta. Nunca ha sido más perfecto. Todavía tiembla cuando se aproxima, y es que nunca encontró tanta magia en otros brazos. Pide que se quede, y ella se ríe. Quiere quedarse como nunca antes se le ocurrió que querría. Solía creer en lo absoluto, pero a su lado nada es mucho y todo es nada. Tuvo que perderse en los matices… y en ocasiones como ésta, lo intermedio le parece perfecto.
Había una vez una mujer cuyo oficio era contar cuentos. Iba por todas partes ofreciendo su mercadería, relatos de aventuras, de suspenso, de horror o de lujuria, todo a precio justo. Un mediodía de agosto se encontraba en el centro de una plaza, cuando vio avanzar hacia ella un hombre soberbio, delgado y duro como un sable. Venía cansado, con un arma en el brazo, cubierto de polvo de lugares distantes y cuando se detuvo, ella notó un olor a tristeza y supo al punto que ese hombre venía de la guerra. La soledad y la violencia le habían metido esquirlas de hierro en el alma y lo habían privado de la facultad de amarse a sí mismo. ¿Tú eres la que cuenta cuentos? preguntó el extranjero. Para servirte, replicó ella. El hombre sacó cinco monedas de oro y se las puso en la mano. Entonces véndeme un pasado, porque el mío está lleno de sangre y de lamentos y no me sirve para transitar por la vida, he estado en tantas batallas, que por allí se me perdió hasta el nombre de mi madre, dijo. Ella no pudo negarse, porque temió que el extranjero se derrumbara en la plaza convertido en un puñado de polvo, como le ocurre finalmente a quien carece de buenos recuerdos. Le indicó que se sentara a su lado y al ver sus ojos de cerca se le dio vuelta la lástima y sintió un deseo poderoso de apresionarlo en sus brazos. Comenzó a hablar. Toda la tarde y toda la noche estuvo construyendo un buen pasado para ese guerrero, poniendo en la tarea su vasta experiencia y la pasión que el desconocido había provocado en ella. Fue un largo discurso, porque quiso ofrecerle un destino de novela y tuvo que inventarlo todo, su nacimiento hasta el día presente, sus sueños, anhelos y secretos, la vida de sus padres y hermanos y hasta la geografía y la historia de su tierra. Por fin amaneció y en la primera luz del día ella comprobó que el olor de la tristeza se había esfumado. Suspiró, cerró los ojos y al sentir su espíritu vacío como el de un recién nacido, comprendió que en el afán de complacerlo le había entregado su propia memoria, ya no sabía qué era suyo y cuánto ahora pertenecía a él, sus pasados habían quedado anudados en una sola trenza. Había entrado hasta el fondo de su propio cuento y ya no podía recoger sus palabras, pero tampoco quiso hacerlo y se abandonó al placer de fundirse con él en una misma historia.
¡Oye! La agitación del espíritu es una pérdida de tiempo. Piensas negativamente. No malgastes tus pensamientos. Conflictos verbales es malgastar las palabras. Conflictos físicos es malgastar la carne. La gente siempre será quien quiere ser. Y eso es lo que realmente hace que el mundo gire. El amor incondicional es escaso. ("Hasta llegar a Silo, no renunciaré a tí") Una frase de un salmo del Génesis, aunque no está descrita literalmente). Ahora, y para siempre. Para siempre jamás, para siempre jamás… ¡Sí!
Mira, me diste una vida preciosa. Así que vivo mi vida por tí… por tí… Mira, siempre has estado ahí para mí. Y por ello yo estaré ahí para tí… para tí… "Hasta llegar a Silo, no renunciaré a tí".
Bendigo tus ojos, y quizá tus días sean duraderos. Quizá asciendas por la mañana, cuando su reino llegue. Las buenas obras no son recordadas en los corazones de los hombres. (Ohhhh) Bendigo tus ojos, y quizá tus sueños se hagan realidad. Quizá asciendas por la mañana, el reino de Jesús llegue. Las buenas obras no son recordadas en los corazones de los hombres. "Hasta llegar a Silo, no renunciaré a tí". Ahora y para siempre jamás. Par siempre jamás…
Mira, siempre has tenido fé en mí. Y por ello yo tendré fé en tí… en tí… Siempre has estado ahí para mí. Y por ello yo estaré ahí para tí… para tí…
Oye. Siempre has sido bueno conmigo. Incluso cuando no era bueno conmigo mismo. Siempre has sido justo conmigo. Incluso cuando no era justo conmigo mismo. Siempre has hecho el bien por mí. Así que haré el bien por tí… por tí… "Hasta llegar a Silo, no renunciaré a tí". Siempre has estado ahí para mí, mamá. Siempre has sido justo conmigo, hermano. Y por ello seré justo contigo, hermana. Siempre has tenido fé en mí. Y por ello tendré fé en tí… en tí…
Siempre has sido bueno para mí. Siempre has sido amable conmigo. Siempre has estado en pié por mí. Siempre has sido… ohhh. Siempre has sido… ohhh. Siempre has cuidad de mí… sí. Siempre lo has compartido todo conmigo… sí. Siempre has sido sincero conmigo. Y por ello, seré sincero contigo…
Hace unos días veía una entrevista que realizaron a una mujer española, artista por dónde se le mirase y habló acerca de lo que perduraba más allá de nuestra muerte, si lo artístico o lo académico. Ella mencionaba que tuvo dos tías profesionales, una era doctora y la otra era científica, ambas pintaban y eran artistas paralelamente a sus carreras también, y bueno las dos murieron en un accidente automovilístico y cuando llegó la hora de definir cuáles pertenencias se tiraban y cuáles se conservaba, se guardó todo lo artístico y lo demás, tales cómo; escritos, estudios, investigaciones, apuntes, se tiró. Y esto la hizo analizar y decir “Qué es lo que queda de alguien? Queda más lo artístico que lo académico”. Personalmente encontré tanta razón a lo que mencionó. Si bien no todos somos cantantes, escritores, pintores, etc, todos tenemos algo que entregar, algo que el día en que partamos será posible preservar.
Suele causarme gracia cuando la gente me define como alguien con muchas cualidades, cuesta creerlo, pareciera que hablan de otra y no de mí. Será porque nosotros mismos somos nuestros mayores enemigos, porque nosotros sabemos cuáles son nuestros pensamientos, actitudes, deseos y por sobre todo falencias. Pero a veces debemos hacer el ejercicio de intentar ser objetivos, dejar de ser tan prejuiciosos con nosotros mismos, probar un día al levantarnos y vernos como nos suele ver Dios, el mundo y la gente, y creer tanto en nosotros como ellos.
Quizás como mencionaba al comienzo, tenemos que abocarnos a destacar lo mejor que hay en nosotros, dejar lado los afanes y entregar de lo que nos sobra… emprender el camino para descubrirnos y quién sabe si el día de mañana más de uno se ve beneficiado por lo que hemos dejado a través del tiempo.
"Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora."
(Jorge Luis Borges)
Wayfarer
-
Debo confesar que cuando veo algo que me llama la atención finalmente lo
adquiero y coloco la paabra adquirir porque es la más justa para dar cuenta
acer...
By Jack Daniels
-
Un día una pequeña e insignificante partícula cayó en una húmeda grieta.
Era una grieta dentro de un inmenso bosque. A ratos la naturaleza agobia y
parece ...